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Causa y Efecto

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  Las nubes negras se acercaban y los primeros rayos ya golpeaban el horizonte con sus ecos atronadores. Apenas pasaba de mediodía, pero el pueblo entero se había teñido con los grises tonos del invierno de ese frío año 1983, sumiendo todo en una lúgubre penumbra. Para Guillermo, quien llevaba diecisiete de sus treinta años de vida en la calle, esto significaba que debía apresurarse a buscar refugio o los demás vagabundos tomarían los mejores lugares y se vería obligado a pelear por un espacio donde guarecerse de la lluvia.  Esa era la ley de la calle, algo que a él nunca le importó, pues no estaba en sus manos cambiarla. Simplemente se adaptó desde el mismo día en que escapó del reformatorio donde estuvo recluido por asesinar a su pequeña hermanita, cuando era apenas un muchacho de trece años. Recordaba ese episodio con total indiferencia, tal como hacía con cada uno de los sucesos de su vida. No había remordimientos en su memoria porque consideraba que lo que hizo en esa oportunidad

En la Frontera

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  La tensa monotonía de los primeros días muy pronto se convirtió en rutina. Llegamos a Iquique en un Hércules durante la madrugada del 7 de enero. Yo venía en el vuelo número 1, junto al resto de la tripulación de misiles portátiles que enviaron desde Quintero a reforzar las unidades del norte. Desembarcamos en total silencio, con el mínimo de luz y nos repartimos con nuestras cosas en los cinco camiones que nos esperaban junto a la pista. En un par de horas ya habían llegado las unidades de cañones, las que de inmediato trasladaron los sistemas de 35 milímetros a los hangares de la base área. Después de ello, tuvimos una rápida reunión con el comandante de la agrupación de defensa antiaérea, en la que se nos mostró el área donde seríamos desplegados, los principales objetivos a defender, la información de inteligencia sobre el enemigo y la principal amenaza a la que nos enfrentaríamos: las incursiones de comandos peruanos y los temibles helicópteros MI-35. Terminada la reunión, proce

La Decisión

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  A veces me gusta detenerme a mirar a la gente, a contemplar su comportamiento mientras van y vienen, cada uno inmerso en sus propios pensamientos, en sus propios mundos, sin preocuparse mayormente por aquellos que se topan en su camino. Por ejemplo, la mujer que espera a que el semáforo cambie a verde para cruzar la calle, apenas está pendiente del tráfico, porque su cabeza parece estar en otra parte, quizás incluso a varios cientos de kilómetros, tal vez en las inundaciones en La Calera o en la reforma tributaria que planea llevar a cabo el Presidente Petro. Incluso es probable que esté pensando en el Mundial, vaya uno a saber. En Colombia, hombres y mujeres son igual de aficionados al fútbol y, como la selección no clasificó a Qatar, muchos han puesto sus esperanzas en Messi y su última oportunidad de ganar el trofeo con su selección y traerlo así de vuelta a Sudamérica. Ella, vestida con unas ajustadas calzas, taco alto y una chaqueta de tela, de seguro acaba de salir a almorzar y

¿Bueno o Malo?

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  —¿Entonces no es malo? Hugo le dio una buena calada a su cigarrillo de marihuana y se tomó el tiempo de saborearlo antes de dejar escapar el humo por la nariz. —Si fuera malo, no haría lo que hace —contestó Hugo con total seguridad. Los dos amigos estaban sentados en el muelle afuera de la Base Aérea, contemplando la caída del atardecer sobre la bahía de Quintero. El frío del otoño se había encargado de ahuyentar a los pocos bañistas que quedaban en la playa, los últimos turistas que se negaban a dar término a las vacaciones y se aventuraban a seguir unos días más en la región antes de regresar al caos de la capital. Solo ellos, todavía con el uniforme del Colegio Inglés, aguantaban el viento de esas horas. —Pero lo que hace es malo. —No, nosotros hacemos las cosas malas. Él solo nos da la posibilidad de hacerlas. Le pasó el porro a su amigo y lo miró fumar. Sabía que no estaba convencido con sus respuestas y esperaba que insistiera con sus dudas. A él, que le encantaba el tema, no l

Chofi

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  Fue una noche de otoño de 2009. Mi esposa y yo vivíamos en un departamento en Rodrigo de Araya y esperábamos a nuestra primera hija. Recuerdo que solo unos días antes tuvimos la primera ecografía y la ilusión, la ansiedad, los nervios, además de unos impensados antojos de tomar Coca-Cola y comer chocolate, se apoderaron de mis días, sin contar las desagradables náuseas que me invadieron a mí en lugar de a mi esposa. En fin, esa noche, como todas las noches, me acosté pensando en el bebé que venía en camino. Ya teníamos definidos los posibles nombres: Felipe Esteban, si era niño, o Sofía Catalina, si era niña. Y por esas cosas mágicas que estoy seguro de que existen, aunque no siempre las vemos, me quedé dormido y en mis sueños aparecí en una playa que no conocía, mirando al mar, hasta que una jovencita crespa, alta y delgada, de unos doce o trece años de edad, se me acercó. La reconocí de inmediato: era Sofía, mi hija que recién venía en camino. Ella me miró, sonrió y me dijo que sí,

La Golondrina y la Semilla del Calafate

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Cuando llegó la primavera al sur de Chile, los calafates comenzaron a llenarse de flores doradas y el viento trajo de vuelta a los gorriones y las golondrinas, quienes regresaron del norte con sus alegres cánticos y fantásticas acrobacias aéreas. Una de estas golondrinas se hizo amiga de un frondoso arbusto de calafate lleno de flores que soportaban con firmeza los fuertes vientos magallánicos. Como los días en esa época del año se hacían más largos, pasaban horas y horas charlando sobre lo que la golondrina había visto en las tierras que visitó durante el invierno, hasta que el calafate le permitió posarse en sus ramas sin que las afiladas espinas le hicieran daño. De esta manera, la amistad entre ambos se hizo cada vez más fuerte y, cuando llegó el momento de que asomaran los primeros frutos de la temporada, el arbusto permitió a su amiga alada que comiera de ellos con el compromiso de que le ayudara a esparcir sus semillas por toda la pampa. La golondrina aceptó y comió en abundanci

Tras las Sombras - Capítulo VI

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Lo primero que hizo al cruzar la puerta fue buscar el interruptor para encender la luz. Lo encontró en la pared de su izquierda e hizo un gesto de desagrado al poner sus manos en él y sentir que estaba cubierto de algo pegajoso. Pero lo importante era iluminar el lugar, aunque no supo si eso mejoró en algo el lóbrego ambiente dentro del departamento. La oscuridad se fue para dar paso a un panorama bastante desolador. Lejos de todo lo que podía esperar, aquel lugar estaba convertido en una pocilga llena de basura, rayados, recortes de revistas para adultos en las paredes y un fétido olor que lo abarcaba todo. Bascuñán se tapó la nariz con la mano libre y empezó a avanzar con la pistola lista para disparar si fuera necesario. Caminaba con cuidado, casi de puntillas entre la inmundicia que tenía a sus pies, con los sentidos despiertos al máximo ante una desagradable sensación de estar al borde de un peligro inminente. Revisó con la vista los muebles desordenados y polvorientos sin encontr